El peatón del aire

Emmanuel Ordóñez Angulo

A una transeúnte

Por , @eoran , 1 de junio de 2012

Mi bicicleta se rompió hace unas semanas. Por razones varias no pude llevarla a arreglar y me vi convertido en peatón por más o menos un mes. Había olvidado las tarifas de los camiones y sus rutas, los olores y las marejadas de gente del metro, y lo más agradable: la vagancia callejera.

Deambular en la ciudad no es un placer recién descubierto. Desde los primeros pasos del crecimiento industrial de las ciudades, los artistas corrieron a sus calles a peinarlas, lenta y elegantemente, moviendo sus bigotes y balanceando su bastón. Estos románticos paseantes se entretenían leyendo lo que sus ojos veían cual libros abiertos o películas proyectadas todo alrededor: se fijaban en cada color y cada sonido, en cada letrero y cada vitrina de cada tienda, o no: no se fijaban en nada, ignoraban todo y se perdían en la contemplación de la escena de una banca de parque a lo lejos, detenidos de repente, estorbando el tráfico en la acera.

El explorador urbano navegaba con los radares encendidos. Era agudo y olfativo. Lejos del caminante cándido, este otro era un cazador de mariposas presto siempre a saltar sobre los accidentes deliciosos que la calle le ofrecía.

Pero ser uno de éstos era un privilegio: sólo podía darse el lujo de dejar correr el tiempo quien no necesitaba ocuparlo en trabajar. De ahí que su imagen fuera la de un dandy y su escenario ideal las arcadas de París: el flâneur de Baudelaire, dueño de la ciudad y de sí mismo: “para el perfecto flâneur, para el observador apasionado, es un inmenso placer encontrar su hogar en los gentíos, en lo ondulante, en el movimiento, en lo fugitivo y lo infinito. Estar fuera de casa y sin embargo sentirse como en casa en cualquier lugar.”

Fuente de la imagen: foursquare.com

Caminar sin rumbo. Salir para nada y regresar sin nada. A este oficio inútil y hermoso, Baudelaire le dedicó varios poemas; entre otros, éste que pongo aquí hoy, que es breve como el momento que lo inspira: una visión relámpago que interrumpe un paseo diurno: la visión, para variar, de una mujer.

Estampas como ésta sólo pueden ocurrirle a un flâneur y sólo en la ciudad: se trata de un amor urbano, arrastrado hacia el poeta por la corriente fluvial que es la muchedumbre en la avenida, y también así de él arrebatado. Un amor pálido, de luto, acostumbrado a la falta de sol y el ruido de los autos, posterior (¿superior?) al bucólico ilustrado. Un amor que no florece a pesar del estrés y del esmog, sino gracias a él.

Dejo mi intento de traducción y el soneto original.

A una transeúnte, de Charles Baudelaire

La calle atronadora gritaba alrededor.
Alta, enlutada, en pena majestuosa,
una mujer pasó, con mano fastuosa
balanceando su dobladillo y su festón;

Ágil y noble, con su pierna de estatua.
Yo sólo bebía, tenso e hipnotizado,
de su mirada, que es cielo atormentado,
la dulzura que encanta, el placer que mata.

¡Un rayo y ya la noche! Belleza fugaz
cuya súbita visión me hizo renacer,
¿no te veré ya más, sólo en la eternidad?

¡En otra parte, lejos, muy tarde o jamás!
Pues no sé a dónde huyes e ignoras dónde voy,
¡oh, tú, que pude amar; oh, tú, que lo sabías!

À une passante

La rue assourdissante autour de moi hurlait.
Longue, mince, en grand deuil, douleur majestueuse,
Une femme passa, d’une main fastueuse
Soulevant, balançant le feston et l’ourlet;

Agile et noble, avec sa jambe de statue.
Moi, je buvais, crispé comme un extravagant,
Dans son oeil, ciel livide où germe l’ouragan,
La douceur qui fascine et le plaisir qui tue.

Un éclair… puis la nuit! — Fugitive beauté
Dont le regard m’a fait soudainement renaître,
Ne te verrai-je plus que dans l’éternité?

Ailleurs, bien loin d’ici! trop tard! jamais peut-être!
Car j’ignore où tu fuis, tu ne sais où je vais,
Ô toi que j’eusse aimée, ô toi qui le savais!

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  • Claudia Montero

    en efecto en tanto correr actual, se nos olvida la magia de darnos el tiempo de sentarnos y observar la vida pasar…