Inés Alveano

Cuando llenar nuestro tanque es como discriminar…

Por , @inesalag , 12 de diciembre de 2012

Mucho se ha dicho ya sobre el subsidio a la gasolina: que beneficia a los más ricos, que es regresivo, que contribuye a que las ciudades mexicanas estén contaminadas, etcétera.

Sin embargo, todas esas características describen algo que posiblemente veamos bastante lejano o ajeno a nosotros.  Sobre todo, si tenemos auto.

Me parece que los mexicanos reaccionaríamos con indignación, si viéramos más evidente cómo es que se gasta inequitativamente ese “dinero de todos”. No tengo porcentajes, ni cifras, pero a base de una observación sin profundidad, considero que estas son diversas maneras en que año con año se despilfarran recursos que podrían servir para más escuelas (y de mejor calidad), universidades, centros de salud, transporte público rápido y eficiente, y más.

Con el subsidio a la gasolina se apoya en el gasto de gasolina de:

  • Tod@s l@s señor@s que van al gimnasio en auto (cuantos más cilindros, más subsidio, por lo que un dueño de una Hummer recibe más dinero que la dueña de un Tsuru), y se estacionan a menos de una cuadra del lugar.  La ironía es que acuden para hacer ejercicio, pero fuera de él no quieren ni caminar 100 metros.
  • Todas las familias que tienen dinero para ir de puente en auto a la playa o a Valle de Bravo -o a cualquier lugar cercano a la ciudad, pero con naturaleza considerable y vista panorámica; algo de lo que carecen las metrópolis y quienes se quedan en ellas, por el afán de echar concreto sobre concreto-. Quizás van tan frecuente, que hasta se compraron una casa o un departamento ahí.
  • Los y las señoras que llevan a sus hijos a la escuela en auto (no pocos manejan como energúmenos, por la prisa), aunque esté a 4 cuadras de su casa, y luego a clases extra-escolares o deportes.  Cabe señalar que esos traslados (en auto) están subsidiados, pero no los de las familias que llevan a sus hijos en camión o caminando a la escuela.   O sea, están subsidiados los viajes privados, pero no los públicos (con excepción del metro)…
  • Los y las señoras que llevan a sus hijos a la escuela en auto de un Organismo de Gobierno (he visto de las secretarías de: Salud, Trabajo, Agricultura, etcétera).
  • L@s niñ@os “bien” que salen al antro con el auto que papi les compró o les prestó. L@s peores son l@s que se embriagan y encima tienen maneras de averiguar dónde está el puesto de alcoholímetro, para evadirlo “astutamente”.  Ya conocemos historias de familias enteras embestidas -y mal heridas o muertas- por este tipo de borrachitos “listos”.
  • L@s que trabajan fuera de su ciudad y viajan a visitar a su familia en auto.  Aplica la misma injusticia aquí: los que viajan en autobús no reciben ni un 5% de subsidios para su boleto de ese traslado -y el subsidio al Diesel, dividido entre todos los pasajeros de un autobús no se compara con el que obtiene un automovilista-.

Ojo: todo aquel que crea que escribo esto por “ardida”, por falta de posibilidades, sepa que yo misma he sido persona beneficiada en varios de estos aspectos. El objetivo de este artículo es que seamos sinceros y observemos las injusticias -aunque seamos parte de los beneficiados con ellas-.

Cabe recordar que únicamente 30% de los viajes diarios -unos más, unos menos, de acuerdo a la ciudad mexicana en la que se viva- son los que se realizan en automóvil.  El otro 70% son en todo momento, o en buena parte de sus recorridos, peatones.  Si los recursos de los mexicanos fueran invertidos con justicia e igualdad, ese 70% de la población, debería recibir 70% de la inversión en infraestructura y/o subsidios y tener -por lo menos- mejores banquetas para caminar y transporte público más eficiente y de calidad.

Nota: Te invito a comentar al pie de este artículo, otros usos -amables y no- del subsidio a la gasolina…

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