El peatón del aire

Emmanuel Ordóñez Angulo

El autobús

Por , @eoran , 16 de marzo de 2012

Foto por Emmanuel Ordóñez Angulo

Las ciudades pueden ser verdaderos monstruos. Alguna vez pequeñas criaturas, desde hace dos siglos no han hecho más que devorar gente y crecer. De ahí la necesidad de medios de transporte masivo donde la caminata o la bici pueden quedarles chicos a las distancias.

Y el transporte público está muy bien, pero todo lo que se repite demasiado pierde su sentido. Repetir el mismo itinerario todos los días, como sucede seguido en la vida urbana, puede resultar en un marisma de autobuses reventados, metros apestosos, humo negro y tráfico asfixiante. Eso, diario. Por eso la fantasía constante de escapar del monstruo, tan rápido como se pueda, hacia paisajes menos grises —a saber, la playa. El que tenga la oportunidad, que la aproveche.

Nueva York es, como decía en la entrega pasada, uno de estos monstruos; y Leonard Cohen, una de sus víctimas ilustres.

Hablar de Cohen no es fácil, porque conocerlo bien no es fácil. Es, en una palabra, un poeta, y lo es desde la escritura como desde la música. Comenzó con lo primero —su primer colección de poemas fue publicada en 1957—, y se hizo famoso con lo segundo —su primer álbum, elegantemente titulado Songs of Leonard Cohen, salió diez años después—.

Su música es —disculpen la cursilería— una ola de mar: simple pero profunda e hipnótica, mucho más fuerte que el bañista que no puede nada contra ella y no hace otra cosa que dejarse desarmar. Su música es arte en el sentido moderno —obsoleto, si se quiere— de la palabra: es una búsqueda honesta de la belleza, la espiritualidad y la gracia. Y esa búsqueda está repleta de temas clásicos: el sexo, la ideología, la religión, la moral. El transporte público.

No podía el poeta dejar de fijarse en las realidades posibles ocultas en la evidente, y, en el pequeño poema que pongo aquí hoy, pinta una oportunidad de escapar de Nueva York para alcanzar el mar en un capricho de último minuto, un breve pero lúcido momento de inspiración, a bordo de un autobús urbano.

Dejo, pues, mi traducción y el original, seguidos del video de una de sus canciones esenciales –un poco porque le va al tema de la ciudad y un mucho nomás porque es chingona–.

El autobús, de Leonard Cohen

Yo era el último pasajero del día,
estaba solo en el autobús,
me daba gusto que se gastara todo ese dinero
nada más para llevarme por la Octava Avenida.
¡Conductor!, grité, somos tú y yo esta noche,
huyamos de esta ciudad tremenda,
a una más pequeña, más apropiada para el corazón,
pasemos por las piscinas de Miami Beach,
tú en el asiento del conductor, yo varios asientos atrás,
pero en las ciudades racistas cambiaremos de lugar,
para mostrar lo bien que te ha ido en el Norte,
y busquémonos algún pueblito pesquero,
en la Florida desconocida,
y estacionemos justo en el margen de la arena:
un enorme autobús como señal,
metálico, pintado, solitario,
con placas de Nueva York.

The bus

I was the last passenger of the day,
I was alone on the bus,
I was glad they were spending all that money
just getting me up Eighth Avenue.
Driver! I shouted, it’s you and me tonight,
let’s run away from this big city
to a smaller city more suitable to the heart,
let’s drive past the swimming pools of Miami Beach,
you in the driver’s seat, me several seats back,
but in the racial cities we’ll change places
so as to show how well you’ve done up North,
and let us find ourselves some tiny American fishing village
in unknown Florida
and park right at the edge of the sand,
a huge bus pointing out,
metallic, painted, solitary,
with New York plates.

Temas: , , , , , , , , , ,

  • Víctor Rivas

    Me encanta el texto, me encanta la ola de mar que es Leonardo y su hipnosis. Me encanta, usted.