El peatón del aire

Emmanuel Ordóñez Angulo

El guardagujas

Por , @eoran , 19 de septiembre de 2012

Ya hemos dicho sobre el transporte público que cada viaje es un micromundo y, como tal, también una reproducción a escala de otros mundos más grandes que lo encierran. Así, la breve vida de la comunidad que se forma en un vagón de tren o un autobús es la condensación de la interacción social diaria: entre vecinos y colegas, superiores e inferiores, iguales y diferentes. Por extensión, el sistema que hace funcionar ese micromundo es también el espejito de un sistema más grande: el sistema del metro, por ejemplo, es impuntual y barato, lindo y vanguardista en algunos sectores e sucio e inseguro en otros. Igualito que los sistemas que refleja: el de la administración pública, el de la estructura de la sociedad chilanga, etcétera.

Pero pasemos a un tema más amable. Una de las chingonerías del arte es que, si bien hecho, es polisémico: tiene muchos significados posibles. La obra está hecha, cual cebolla, de capas que van de lo superficial a lo profundo, y cada una ofrece una experiencia diferente: una lectura y un placer distintos.

Pero hacer una cebolla no es fácil. No por nada El guardagujas, de Juan José Arreola, es uno de sus cuentos mejor conocidos. La historia es, en la capa superior, una anécdota sobre el cómico sistema de ferrocarriles de un país imaginario en el que nada funciona bien, o en el que, más bien, las cosas funcionan diferente: hay estaciones fantasmas, hay rieles sólo pintados, hay boletos sin fechas ni destinos precisos.

Conforme uno va pelando la cebolla (bueno, ya basta de esta metáfora apestosa), se empieza a encontrar con capas más complejas, todas alegorías: del sistema mexicano de transportes, de la política, de la vida misma.

Los pasajeros están tan acostumbrados al mal funcionamiento del sistema de ferrocarriles que no esperan que funcione bien y se adaptan a las únicas condiciones que conocen. Y el sistema, a falta de exigencias, no cambia. Enfrentados a un barranco en el que un puente planificado no había sido construido, por ejemplo, los pasajeros desensamblaron el tren y lo cargaron hasta el otro lado para poder continuar su camino. “El resultado de la hazaña fue tan satisfactorio que la empresa renunció definitivamente a la construcción del puente, conformándose con hacer un atractivo descuento en las tarifas de los pasajeros que se atreven a afrontar esa molestia suplementaria.” Un forastero, frente a esta situación desconcertante, demuestra su inconformidad pero no tiene otra opción que imitar a los otros.

Una perspectiva menos política, acaso más optimista, es que en realidad los destinos de los trenes son los sentidos que la gente le da a sus vidas. De entrada, un pasajero carece de destino, y al comprar un boleto no se lo asegura: puede ser que espere años a que el tren pase por su estación, lo mismo que puede ser que espere sólo un rato. Y ya sería demasiada fortuna que el tren que alcanza a abordar vaya, además, al destino que él quiere.

El cuento es tan amplio como la capacidad del lector de leerlo. Y el micromundo que habitan el forastero viajante y el guardagujas, que es quien le comunica cómo funciona todo, es el mismo que habitamos nosotros a una escala más grande. Igual que el sistema del metro refleja otros más amplios, el de los ferrocarriles del país imaginario refleja el que nos organiza a nosotros, que, hasta donde podemos saber, también somos imaginarios. Y también viajantes, y también sin rumbo.

El guardagujas, de Juan José Arreola

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