El peatón del aire

Emmanuel Ordóñez Angulo

Elogio de la bicicleta

Por , @eoran , 17 de octubre de 2012

“Eran vacaciones, en los años cincuenta. Yo tenía entre trece y dieciséis años. Mi abuelo me había comprado una bicicleta. […] Seguido, regresando de pasear en bici, me detenía frente al bar, sobre la plaza de la iglesia, donde el encargado ponía en una pizarra los tres primeros lugares de la última etapa y los tres primeros de la clasificación general.”*

No había tele, apenas radio. La imposibilidad de ver él mismo el evento, el hecho de conocerlo sólo a través de lo que escuchaba y del entusiasmo que veía reventar en la gente del pueblo cada verano, hacían del Tour de France un mito. Y había que creer en él, igual que se cree en los mitos religiosos o en los griegos: había héroes, y había obstáculos y un viaje -¡vaya que había un viaje!-. Igual que la Odisea, porque se regresaba al punto de partida.

La bicicleta dominaba los dos mundos: el de los dioses y el de los mortales. Acaparaba los altares (los periódicos, la radio y la tele) lo mismo que las calles, sobre todo en las pequeñas ciudades europeas de posguerra. Todo el mundo andaba en bici.

Luego vino el coche (la facilidad de la clase media para adquirir coche, sobre todo) y la bici desapareció. Hasta ahora.

El impulso del regreso del ciclismo urbano es tal, que ese niño de los años cincuenta, que en varias décadas no se había subido a una bici, volvió recientemente a usarla para comprobar que no es un mito que no se olvida nunca cómo andar en bicicleta. Ese niño es Marc Augé, el celebérrimo acuñador de los “no lugares”, que en ocasión de su regreso al mundo ciclista escribió, en noventa paginitas, un elogio al transporte del futuro.

Y una de las muchas flores la dirige a los sistemas de bicicletas públicas, gracias a uno de los cuales él mismo se animó a volver a entrarle. Su pronóstico no es ingenuo (no cree que vayan a desplazar a los coches) pero sí optimista: “apenas se trepa uno a una bici en París —suponiendo que se tenga la valentía—, se recompone la geografía de la ciudad y se crea otra relación con el espacio. Los barrios aparecen más cercanos que en la experiencia cotidiana limitada por las líneas del transporte público [y, no se diga, del coche]. La Vélib [la ‘Ecobici’ parisina] permite un reaprendizaje del espacio al mismo tiempo que un reaprendizaje del tiempo.”*

El ciclista no solo se reapropia de la ciudad y la rutina, sino de su propio cuerpo, que desde el coche, la televisión y las Sabritas —afrontémoslo— dejó de pertenecerle. Sentir las piernas incendiadas en una subida, el viento en una bajada, caerse, torear los coches. Todo esto es también volver un poco a la infancia, y no hace falta haberla pasado en Bretaña o en los años cincuenta para conectarse con eso.

 

Elogio de la bicicleta, de Marc Augé

El libro completo en scribd: http://www.scribd.com/doc/45950027/Elogio-de-la-Bicicleta-Marc-Auge

 

*Citas tomadas del número 20 de la revista Ethnographiques.

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