El peatón del aire

Emmanuel Ordóñez Angulo

La fiesta brava

Por , @eoran , 2 de febrero de 2012

Foto por Emmanuel Ordóñez Angulo

El viaje es la aventura. Dejar un sitio para ir a otro no es una pausa entre dos experiencias sino una tercera, más intensa y prolongada por incierta. Viajar es no pertenecer, y a la deriva todo es posible.

El viaje es una de las experiencias humanas más inspiradoras: desde la antigüedad se han documentado —o tal vez no tanto documentado como inventado, prero inventar es hacer real— las travesías de los héroes como las historias más bellas y más dignas de ser contadas, las que han cambiado la vida de sus protagonistas y las de los pueblos que los despiden y los que los reciben. La poesía no fue la misma desde Ulises, el comercio desde Marco Polo, América desde los vikingos y Colón, o Estados Unidos desde Lewis y Clark.

Sin embargo, lo que hacía memorable a un viaje era su carácter excepcional. En la vida urbana de hoy, el viaje es probablemente la experiencia más común: vivir en la ciudad es vivir en movimiento, en constante tránsito.

Y lo prosaico no es necesariamente insulso. Reconocer la posibilidad de lo extraordinario en la vida cotidiana es una práctica añeja y, sin embargo, muy vigente en el arte. El artista no ve en los traslados diarios de la ciudad tiempos muertos, sino pequeñas odiseas. Y si no las ve, las crea.

En un portal como Transeúnte, dedicado a los viajes intraurbanos, sobre todo a sus cómos concretos, no podía faltar un espacio dedicado a sus quiénes literarios: los Ulises que navegan las calles a bordo de naves rutas 4 a 100, los Baudelaires que deambulan de un café a otro —o en una referencia más pop, los Johns, Pauls, Ringos y Georges que cambian de acera en las esquinas—, los Rimbauds que descienden a y se deslizan en los túneles del infierno, o los Albert Hoffmans que vuelan sobre dos ruedas toreando elefantes de acero.

Para inaugurar el mentado espacio, un cuento anunciado por el título de esta entrada: La fiesta brava, de José Emilio Pacheco, probablemente el primero sobre el metro en México y un ejercicio delicioso de construcción de realidades, de crítica y de ingenio. En palabras de Sergio Pitol —de quien dudo que presentemos algo aquí, pero puedo recomendar el cuento Mephisto-Waltzer—, La fiesta brava es “una narración compuesta por tramas absolutamente disímiles, cuyo sentido unitario se debe tan sólo a la maestría del creador”.

En los tempranos setenta de La fiesta brava, el metro es todavía una región desconocida, y explorarlo es una especie de regreso mítico al lago que se sabe que corre debajo de la ciudad pero que nunca se ha visto y que, como todo lago subterráneo, es una inmersión en la oscuridad del inconsciente. ¿Y qué puede haber en el inconsciente de la Ciudad de México sino un pasado salvaje sediento de sangre de invasores —los de hace quinientos años o los nuevos, da igual—?

La fiesta brava es un pastel de varios pisos —o, en una referencia más sofisticada, un anillo de Moebius—, en el que la ficción dentro de la ficción, que al final se creía amansada, salta de la pantalla cual niña de El aro a morderle la mano al lector.

Para chuparse los dedos. Buen provecho.

La fiesta brava, de José Emilio Pacheco

Aquí una vista previa del cuento en Google Books. Acá la info para conseguir el cuento impreso.

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