El peatón del aire

Emmanuel Ordóñez Angulo

Las babas del diablo

Por , @eoran , 13 de julio de 2012

Puedo reconocer a una mujer lectora por cómo come su flan y sostiene su taza en aquella mesa de café: el flan, a pequeñísimos bocados, manteniendo la cuchara en alto aun cuando ya está vacía y bajándola de nuevo hasta que ya ha terminado de mover la boca; la taza, levantándola con ambas manos para asegurar el movimiento lento hasta los labios, casi tapándose la cara  -más como la imagino tomar una grande taza de chocolate, envuelta en un suéter y las piernas desnudas recogidas sobre un sofá, que como se toman las tazas pequeñas de café-.

Puedo reconocer a un muchacho ingenuo por cómo se sienta en el salón de clases: refugiado en el extremo opuesto al pasillo, se inclina sobre un cuaderno en el que anota falsas revelaciones; además, encoge las piernas, juntas, hacia ese mismo lado, y titubea con pudor antes de intentar reacomodarse y acabar en la misma posición.

Es inevitable, cuando se es ambulante, jugar a adivinar a los extraños: armarlos como rompecabezas, unir sus rasgos como se unen los puntos que revelan las constelaciones. Darles nombres y apropiarse de sus vidas.

Ser paseante tiene mucho de ese placer morboso que es espiar el paisaje e inventarlo, o sea, ser voyeur; sobre todo si se lleva consigo un aparato de registro. Entonces, además de paseante se es cazador, y no hay jungla más jugosa que la urbe. Pero el hambre de la caza es engañosa, y aviva aun más la propensión fantasiosa del paseante.

Foto por Emmanuel Ordoñez Angulo

Esta fantasía es seductora, y por lo tanto, peligrosa. Puede dejar de ser una diversión para envolverte y atraparte en un bucle presuroso en el que, de golpe, ya no sabes de qué lado del espejo estás; o lo contrario: se puede que, en el momento en que parece más cristalizada, se rompa la burbuja.

Descubro entonces en la mujer del café a una lady de Polanco cuando se levanta de la mesa y se lleva consigo las bolsas de shopping que una silla ocultaba; y en el muchacho, cuando habla, a un ingenioso caudillo de grilla estudiantil. Descubro entonces, también, que me gusta el desengaño, y que esa complacencia me anima a intentar jugar otra vez. Aquella vagabunda hermosa. Aquel viejo lisiado. Aquella pareja en una banca de parque. Aquel hombre en un automóvil que los ve. Aquella sombra que angustia la mirada del joven, cuando la mujer cierra el espacio que los separa en la banca y la puertecilla del automóvil se abre porque el hombre va hacia ellos.

Siento que debo una disculpa por regresar tan pronto a Cortázar, pero cómo no acordarse de él paseando cámara en mano por el parque de la isla Saint-Louis, o por el México, o por cualquier parque en el que pase algo inquietante (algo que, forzosamente, sea el inicio de uno de esos bucles de la fantasía).

Las babas del diablo, de Julio Cortázar.

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  • Ines Alveano

    ¡Hermoso! Yo a veces hago lo mismo.

  • Ines Alveano

    ¡Hermoso! Yo a veces hago lo mismo.