El peatón del aire

Emmanuel Ordóñez Angulo

Manuscrito hallado en un bolsillo

Por , @eoran , 17 de febrero de 2012

De noche, la sangre hierve. La oscuridad oculta los huecos entre paredes, las grietas y las arrugas; la luz blanca de la luna maquilla todo de plata y nos creemos en un sueño. Por eso, de noche todo parece posible: porque la imaginación se excita. La noche también es frío, y para compensarlo el alma se calienta.

Somos tan diferentes de noche que la metamorfosis debe ser gradual: de ahí el crepúsculo. Con el sol desaparece nuestro alter ego trabajador y sonriente, el de las buenas costumbres; con él renace.

Pero en la ciudad hay una noche perpetua, de la que se entra y sale sin esa suavidad natural (sin otra suavidad, de hecho, que la de las escaleras que nos sumergen o rescatan de ella). La de los túneles bajo la tierra.

Dice Cortázar: “como en el teatro y en el cine, en el metro siempre es de noche,” y su negritud se extiende y se intensifica en los túneles como la de la noche exterior en las estrellas. Bajar al metro es entregarse a los tentáculos de una noche artificial que no por eso es menos verdadera: bajo la tierra se pierde la seguridad de la calle y lo superficial, lo mismo que en la noche, la claridad del sol. La luz mortecina de los corredores nos vuelve verdes, y sus letreros, rebaños: auténticos animales. Pero de esa animalidad surge el instinto. Nuestros sentidos se agudizan: frente al peligro, huimos o lo peleamos como héroes; frente a una presa, lamemos nuestros dientes y nos agazapamos para la caza.

En la noche del metro suceden cosas que no tendrían la misma importancia en la superficie de la calle: el más mínimo roce nos estremece, la más furtiva mirada nos intriga. Hipnotizados por las vorágines de escaleras, en la noche del metro somos también capaces de cosas que no imaginaríamos en el día. Y de esa flor nocturna pueden surgir amores espontáneos, como abejas. Se pueden seguir juegos peligrosos, laberínticos como las correspondencias, y encontrar en los desconocidos (nuestros compañeros de rebaño) verdaderos minotauros.

Manuscrito hallado en un bolsillo es el relato de un Teseo parisino atrapado por voluntad propia en ese laberinto que es un juego autoimpuesto y que es su sede, el metro. Un cuento que desde el título acongoja, auténtica montaña rusa cuyo final empuja al filo del asiento, al filo de la expectación y la esperanza.

¿Qué hacer? En esto de la literatura subterránea, Cortázar es un indispensable.

Buen provecho.

Manuscrito hallado en un bolsillo, de Julio Cortázar

 

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