Oscar Montiel

No es la panacea, pero ayuda: el famoso parquímetro

Por , @tlacoyodefrijol , 17 de enero de 2013

El tema de los parquímetros está de moda. Personalmente preferiría que esuviera de moda y en discusión el tema de arreglar todas las banquetas de la ciudad y hacer plazas peatonales por todos lados, pero empezar por ordenar un poco a los que usan coche no es un mal comienzo.

Empecemos por un punto básico: la ciudad está inequitativamente distribuída en términos de espacio público.

Primero, un poco de historia: Desde principios del siglo pasado, cuando el automóvil modelo T de Ford cambió la manera en que se construyen los coches, las calles se transformaron y en lugar de tranvías, caballos, bicis y peatones por toda la calle -no sólo banquetas-, el arroyo vehicular se llenó de estas maquinitas que “corrían” con un motor, transportando de una a cuatro personas. La producción en serie del modelo T, significó un cambio importantísimo para que los coches ganaran terreno: de repente hubo más coches en menos tiempo y más gente, en ese tiempo adinerada, comprándolos.

Poco a poco, se inventaron nuevos modelos de coche y se descubrieron los accidentes automovilísticos. Poco a poco, los coches empezaron a ocupar más y más espacio de la ciudad. Y estas maquinitas, cuando no estaban avanzando tenían que detenerse, generalmente en un punto cercano al destino de su conductor.

Conforme más coches, más espacio se requería, porque gracias a la publicidad, la campañas, el lobbying y el dinero de las compañías automotores, se convenció a la gente de que un coche los haría feliz. Se inventaron las autopistas urbanas. Se inventó que el coche te daba estatus. Y por ahí de los años 30 se inventó el parquímetro.

La cosa es muy sencilla: uno inserta dinero en la maquinita -que ha evolucionado mucho con el paso de los años- y puede ocupar, por un tiempo determinado, la calle.

Hace no mucho se instalaron parquímetros en una de las colonias más conflictivas de la Ciudad de México: Polanco. Cuenta la historia que la oposición vecinal era tan grande que hubo señoras metidas en los hoyos donde va la maquinita, con tal de que no instalaran el sistema. Hace casi un año de eso. Ahora, los vecinos de Polanco son los más fervientes creyentes en los parquímetros.

En la Ciudad de México, en la que 80% de los viajes al día no son en coche, el proyecto continua. Actualmente se está buscando instalar parquímetros en la zona de la Roma-Condesa. Estas dos colonias -en realidad son cinco diferentes, pero esas exquisiteses no son importantes en este momento- concentran la mayor cantidad de restaurantes, bares y lugares de recreación de la ciudad, sin mencionar oficinas y hogares. Estas dos colonias atraen por lo tanto una cantidad brutal de viajes desde distintos puntos de la ciudad.

Y a pesar de que son dos de las colonias mejor comunicadas, con mayor acceso a diversos medios de transporte, todavía se hacen una gran cantidad de viajes en coche. Y los coches, como ya vimos, en algún momento deben parar, estacionarse. Pero los coches en estas dos colonias no se paran sólo en el arroyo vehicular: paran también en las banquetas, en los cruces peatonales, en el carril donde oficialmente deberían de circular, etcétera. Esto, además de todos y cada uno de los conductores, en gran medida orquestado por “franeleros”, gente que aparta lugares y “cuida” el coche a cambio de una remuneración. La policía de tránsito, que debería de poner orden, no se interesa. En muchas ocasiones, los policías reciben una cuota por parte de los “franeleros” o de los mismos vecinos, para que estas prácticas se mantengan.

En días recientes, he dado más seguimiento al tema, pues algunos vecinos se muestran muy renuentes a que se instalen los parquímetros, teniendo algunas de estas joyas como pretexto: http://is.gd/PaQXop

Los pretextos para oponerse a los parquímetros se dividen básicamente en tres:

1.- El derecho a estacionarse. El cual realmente no es un derecho. En ningún lado se ha establecido eso. La mala gestión, el desconocimiento al Reglamento de Tránsito y la escaza aplicación de la ley por parte de la policía, han hecho que parezca que estacionarse como quiera, donde quiera, es algo que se puede hacer. Lo cual da paso al paso siguiente punto.

2.- Mi entrada es mi lugar. Lo cual es una fantasía. Su entrada está en la banqueta y probablemente tenga una rampa estorbando el libre caminar de los peatones que están confinados a ella. Pararse en su entrada es ilegal según el artículo 12, fracción IX del Reglamento de Tránsito Metropolitano.

3.- O todos coludos o todos rabones. El dicho de abuelita ilustra perfectamente. Los que se oponen a los parquímetros dicen que todos deberían de pagar por dejar su propiedad privada en el arroyo vehicular. Lo que no ven es que su propiedad privada ocupa ocho metros cuadrados, estorba y contamina cuando se mueve.  Cuando está estacionado sólo estorba. Una bicicleta o un peatón no estorban, el primero si se coloca bien y el segundo porque es una persona. Una variante de este punto es que se privatiza el espacio público, sin embargo, poner sus fierros privados en la calle y pagar por ello, simplemente es poner orden al uso desmedido que se les da. En pocas palabras: si tu vehículo estorba y contamina, pagas.

En conclusión: los parquímetros no son la panacea, como no lo es ningún medio de transporte o medida que se use para regular el uso del auto. Es necesario que una vez que se haga difícil sacar el automóvil, se den opciones para moverse y que se demuestre, como ha pasado en Polanco, que los beneficios a largo plazo son mayores. En lo personal, prohibir el estacionamiento en la mayor parte de la ciudad me haría más sentido pero probablemente habrá que esperar para llegar a eso, al igual que con la discusión sobre las banquetas y las plazas peatonales. Esperemos que lo realmente relevante un día esté de moda.

Oscar Montiel, el autor de este artículo, es miembro del colectivo Camina, Haz Ciudad y parte del equipo que planea Ecobici. Síguelo o contáctalo a través de su cuenta de Twitter: @tlacoyodefrijol

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