Jimena D. Mayerstein

Puentes peatonales, monumentos al automóvil

Por , @NorthboundNomad , 25 de octubre de 2012

De todas las personas que diariamente transitan por las calles del Distrito Federal, son los peatones los que más sufren la mala planeación de la ciudad: banquetas rotas, invadidas, en mal estado o en el peor de los casos, banquetas inexistentes. También, pasos peatonales descaradamente ocupados por automovilistas que pareciera piensan que las cebras peatonales son áreas de espera durante el rojo del semáforo, sin contar las vías rápidas que se extienden por kilómetros, dividiendo la ciudad en pedazos aislados unos de otros. Los anteriores, son algunos de los obstáculos que los peatones tienen que sortear diariamente con el fin de trasladarse de un lugar a otro dentro de una misma ciudad.

Es de especial significado el ejemplo de las grandes avenidas, como los ejes viales y las vías rápidas como Circuito Interior y Periférico. Dichas vialidades fueron pensadas a fin de “agilizar el tránsito en la ciudad”, sin embargo, al decir “tránsito” parece que nos referimos a que los automóviles circulen a velocidades altas y a que los peatones representan un estorbo para eso y, en consecuencia, para el correcto funcionamiento de estas avenidas, en un abrir y cerrar de ojos, tenemos una ciudad plagada de puentes para peatones y con cebras peatonales en peligro de extinción. Pero el tema es engañoso, ya que dichos puentes parecen una solución orientada a la seguridad de las personas, para que que estas no estén expuestas al peligro que representa el paso de autos a velocidades por encima de los 70 kilómetros por hora, pero no es así.

La pregunta aquí es, ¿en verdad los puentes benefician a las personas? La respuesta es: no. Sin embargo, hay un gran estigma social contra esos peatones rebeldes e inconscientes que cruzan las grandes avenidas por abajo cuando tienen un puente peatonal a medio metro de distancia, incluso es común encontrar en la red fotografías donde se muestran perros cruzando por el puente mientras unas personitas cruzan por abajo, y se afirma que hasta los perros son más conscientes. Pero si miles de personas, la mayoría, prefieren cruzar sobre la calle en vez de usar el puente, entonces hay algo que se está haciendo muy mal respecto a la infraestructura y a la organización del “tránsito”.

Recordemos un poco la jerarquía en las calles –cosa que está avalada por la ley del DF-: primero va el peatón, luego va el ciclista, luego el transporte público y hasta el final va el automóvil. Sin embargo, la simple existencia de puentes peatonales en la gran mayoría de intersecciones semaforizadas ya es una enorme contradicción a esta jerarquía, ya que se pretende enviar al peatón por otro lado para que el automovilista no tenga ninguna demora, y entonces la jerarquía se invierte y el automóvil tiene todas las facilidades de circulación mientras que el peatón, el ser humano en su máxima expresión, es obligado a realizar un esfuerzo innecesario a través de decenas de escaleras para desplazarse, sin estorbar a su majestad el coche.

Sería bueno pensar que esta forma de estructurar la ciudad y de pensar en el movimiento de las personas es cosa del pasado, sin embargo, no es así. En la actualidad pareciera que se hace un esfuerzo por evitar que las personas caminen, poniendo más y más obstáculos. Obras como la Supervía Poniente y los segundos pisos del periférico son además de un retroceso, en cuanto a movilidad se refiere, una enorme barrera para aquellos que caminan y ni hablar de las recientes barreras colocadas en Eje Central, Ciudad de México. Las estructuras metálicas que fungen como puentes peatonales provisionales son trampas mortales, que ya han cobrado la vida de algunos que han caído de ellos, como la de la mujer de 54 años el 4 de junio de este año, y ni hablar del riesgo de accidentes. La reacción del gobierno es cerrar los puentes provisionales aislando definitivamente a las personas que desean cruzar al otro lado de esas grandes barreras de concreto, además de sacar campañas denigrantes de los derechos del peatón como la denominada “Cuido mi vida, soy peatón responsable”, en donde prácticamente se deposita en él toda la responsabilidad de la seguridad en las calles. En otras palabras, echan la culpa a quien es más vulnerable.

Aunque parezca lo contrario, las soluciones a los problemas de los peatones no son tan complicadas, en el caso de las intersecciones con semáforo, basta con programar una fase del semáforo exclusiva para el paso de peatones y luego continuar con el ciclo de las luces para los coches, así al final del día, cada quien tiene su tiempo para pasar, porque los peatones también nos estamos transportando. Al mirar nuestras ciudades a futuro, pienso que nunca más se deben de realizar obras que impidan la libre circulación de los peatones y ciclistas al nivel de las calles, evitando por ello puentes y todo tipo de monumentos que favorezca el paso de los automóviles, de las máquinas, antes que el de los humanos, porque la ciudad de las personas se empieza a construir solo hasta que se ha bajado del último escalón del puente peatonal.

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    Hace unos dias fui al mercado de flores anexo al Panteon de Dolores para que me hicieran un arreglo floral. Aprovechando el viaje y la cercania, decidi caminar al Mercado Americas para comprar ajos que necesitaba para hacer una sopa. Hoy la avenida Constituyentes es una barrera infranqueable para los peatones, ciclistas y perros, razon por la cual me obligaron a usar el paso peatonal.

    Inicia en la acera Norte de la calle, frente al Panteon, tiene 4 rampas, cada una mide aprox 30 metros (33 pasos) de longitud con desnivel de 1.50 metros, el pasillo elevado mide aprox. 50 metros (60 pasos) de longitud, en la acera sur tiene 4 rampas, cada una mide aprox 30 metros (33 pasos) de longitud con desnivel de 1.50 metros, por lo cual a final de cuentas para cruzar una calle con 6 carriles de ancho (21 metros), tuve que caminar 110 metros, 60 con el esfuerzo adicional de ser en pendiente, o sea que recorri 450% mas distancia de la estrictamente necesaria. Ese paso peatonal ofrece la alternativa de subir y bajar 38 escalones, equivalentes a tres pisos de altura. Y todo para que los coches cuyo movimiento es asistido por un motor no se vean obligados a detenerse 60 segundos para permitir el cruce a nivel de las personas.

    La maquina dominando al hombre e imponiendole sus condiciones.