La ciudad sobre el lago

Luis Zambrano

Servicios ecosistémicos y el gratificante ambiente sano

Por , @ZambranoAxolote , 1 de octubre de 2012

Recientemente asistí al Foro Internacional sobre el Derecho Humano al Ambiente Sano, organizado por la Comisión de Derechos Humanos del DF. En él se analizó la contaminación del aire, la basura y la accesibilidad al agua. Como ecólogo, un ambiente sano me remite a dos imágenes: la lúdica -lo bello que es estar en un bosque o en un lago- y la ética -nadie tiene derecho a exterminar un ecosistema-.

Sobre la lúdica, todos los seres humanos tenemos que tener derecho al placer de estar dentro de un ecosistema sano, puesto que esto alimenta al espíritu –a través del intelecto- y por lo tanto, es parte fundamental para ser un humano. La vista placentera de un entorno agradable, que nos proporciona contar con un ambiente sano, facilita la capacidad de ser feliz, en contraste con lo que sucede en un ambiente enfermo.

Sobre la ética, el contar con acceso a un ambiente sano, promueve cuestionarnos sobre nuestra responsabilidad como seres humanos al destruir un ecosistema. Hasta antes de que Darwin publicara El origen de las especies en 1859, no teníamos muchas dudas al respecto, ya que al estar por encima de cualquier otra forma de vida, teníamos el derecho de hacer con ellas, y los ecosistemas, lo que quisiéramos. Pero la teoría de la selección natural nos sitúa en el mismo plano que el resto de las especies, desde las bacterias, hasta los delfines, pasando por cualquier tipo de planta y hongo. Al mismo nivel, ¿qué derecho tenemos de enfermar un ambiente sano donde todas conviven?

Con sólo una de estas imágenes -la lúdica o la ética-, bastaría para relacionar los derechos humanos con la naturaleza. Sin embargo, ninguno de los dos puntos -ni sumados- le pueden hacer frente a la destrucción de la naturaleza generados por las constructoras o las mineras que erróneamente llaman a sus actividades “desarrollo”, pues supone que estas actividades brindarán mejor calidad de vida para los seres humanos. Con ello se justifica destruir gran parte de los ecosistemas. Algunas de estas empresas vieron en las ecotecnias (tecnología que pretende reducir, en algún grado, el efecto del ser humano sobre la naturaleza) la forma perfecta de lavar su destrucción. Por ello, mucha de su propaganda se enfocan en las ecotecnias aún cuando sean poco útiles frente a la destrucción que generan. Es por lo anterior que a estas propaganda se le llama comúnmente “greenwahsing”.

Pero con la destrucción de los ecosistemas a partir de estas actividades –con todo y ecotecnias implementadas-, las personas dejamos de vivir en un ambiente sano.

Aún así, este paradigma de “desarrollo” mantiene y explica muy bien la razón por la cual los ecosistemas nunca habían estado más deteriorados de lo que están ahora, a pesar de que en México contamos, hace más de un cuarto de siglo, con leyes e instituciones diseñadas para protegerlos. Este paradigma ha distorsionado tanto a la ley como a las instituciones, las cuales en muchos casos, en lugar de defender a la naturaleza, apoyan a las constructoras y son mismas promotoras de las megaconstrucciones. Por ejemplo, Secretaria del Medio Ambiente del Distrito Federal lleva dos sexenios promoviendo la construcción de segundos pisos y de supervías, obras que contrarían al ambiente sano. Otro ejemplo es la frase más repetida del todavía Secretario del Medio Ambiente del Gobierno Federal: “aquí no estamos para detener proyectos”.

Pero existe otra razón por la cual un ambiente sano está muy ligado a los derechos humanos: porque su funcionamiento ha estado muy relacionado a la existencia de todas las civilizaciones. Un ambiente sano nos provee de comida, agua, clima y es la base de nuestras culturas. Esto se debe a que un ambiente sano, ha proveído de bienes a los humanos desde que aparecieron sobre la faz de la tierra.

A los bienes de los que un ambiente sano provee a las civilizaciones, los ecólogos les llamamos “servicios ecosistémicos” y existen cuando el ecosistema está sano, y desaparecen cuando un ecosistema se perturba, lo que lleva a las sociedades a buscar la forma de suplirlos con tecnología, que por lo general tiene un costo monetario y no es tan eficiente como dichos servicios ecosistémicos.

Para entender como funcionan los servicios ecosistémicos y lo que nos cuestan, aquí hay dos ejemplos:

La zona chinampera en Xochimilco está sobre un humedal, que año con año se fertilizaba con las lluvias. Los aztecas supieron aprovechar esta fertilización natural anual para generar su imperio. Así, el ecosistema lacustre del Valle de México proveía de comida suficiente para una gran cantidad de personas y no necesitaban de agroquímicos. Al destruir ese ambiente sano, es necesario fertilizar las tierras artificialmente, lo que no da suficiente alimento y por lo tanto hay que importar alimento de otros valles, lo que implica más recursos.

Un ecosistema sano provee de agua a la sociedad por medio de ríos, lagos o una adecuada infiltración de lluvia a los acuíferos. Así, el agua potable es más fácil de  distribuir a toda la población. Un ecosistema enfermo no provee de agua potable y por ello se tiene que generar la “inversión” para importarla y potabilizarla. El colmo de este problema se refleja en el costo del agua embotellada -que a veces se vende como ecológica-, ya que es 500 veces más cara que el agua que llega a los tinacos, pero puede ser de pésima calidad porque proviene del sistema Cutzamala, que nos da agua de mala calidad.

Así pues, cuando el ambiente deja de estar sano, el ecosistema deja de prestar los servicios ecosistémicos, reemplazarlos a base de tecnología es costoso y nunca 100% eficiente. Pero un ambiente sano se vuelve un aliado de los derechos humanos, puesto que genera beneficios fundamentales para la supervivencia: como el acceso al agua, a la comida o un buen clima. Sin embargo, un ambiente insano genera una mayor desigualdad, puesto que los beneficios se vuelven sólo disponibles para aquellos que tienen los recursos, ya sea por cercanía o ya sea por dinero.

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