El peatón del aire

Emmanuel Ordóñez Angulo

Texto en una libreta

Por , @eoran , 13 de abril de 2012

Foto por Emmanuel Ordóñez Angulo

Fue hace ya casi tres años, en el coctel de inauguración de Transeúnte, que vi a Javier por penúltima vez. Por supuesto que, entre científicos políticos y activistas del ciclismo, las conversaciones giraban todas en torno a sus aventuras en el transporte público y la bicicleta: rodadas en borrachera, viajes a estaciones lejanas. En algún momento, Javier comenzó a hablarnos —a Mariela más que a mí, pero esa coquetería era inofensiva— de un curioso thriller literario que comenzaba cuando un pasajero del metro advertía ciertas rarezas en otros pasajeros, pequeñas certezas innombrables que coincidían con un conteo ligera pero inquietantemente errado: un día de la semana estudiada, más pasajeros salían que los que entraban, y otro, más entraban que los que salían.

En ese punto del relato, alguien me llamó y me alejé de la mesa, y regresé sólo a tiempo para ver a la desvergonzada de Mariela, apoyada su cabeza soñadora en un brazo, cual colegiala, escuchando el final de la historia. Yo dije, para desquitar la decepción de no haberla oído completa, que “qué mejor que leerla”, y Javier respondió —igual de desvergonzado— que “sí, pero yo la cuento muy bien”.

No busqué el cuento porque no recordé el nombre, pero tropecé con él poco después en la colección Queremos tanto a Glenda.

Al contrario del otro cuento de Cortázar que puse en este espacio antes, éste es perturbador y tenebroso (no tan al contrario, en realidad, pero más obviamente).

El agitado escritor del texto en la libreta –protagonista de la historia– duda, al momento de escribirla, de si debería volver al inframundo que es el metro y dar con los últimos detalles de un escalofriante descubrimiento que lo obliga a permanecer en la superficie de la calle, el único lugar en que está a salvo de la amenaza en que se han convertido las gentes a las que investiga y que han terminado por conocerlo, por ubicarlo cuando lo encuentran en un andén y mirarlo de reojo cuando entra o sale de un vagón (pero es un reojo certero, una flecha que no tiene nada de inocente o de casual).

Este texto en una libreta confirma los mismos miedos que nos asaltan a todos cuando nos encontramos, en medio del viaje subterráneo más tranquilo, a uno de estos como espectros que por alguna razón indiscernible nos trastocan con su sola presencia o, peor, con su mirada escuálida y sus caras miserables. Este otro mundo existe lo mismo en el Buenos Aires de los cuarenta que en la Ciudad de México de hoy, y si no lo hemos visto en tantos años es porque sus habitantes esperan, todavía, a que llegue el tiempo de que uno de nosotros se les una, sigilosa y delicadamente, y resurja entonces ese día un pasajero menos de las bocas del metro.

Qué sé yo si ésa es también la razón por la que no he visto de nuevo a Javier. Qué sé yo si su hermana se encontrará con un departamento vacío cuando lo visite en las próximas semanas, y si su familia lo buscará en vano sin imaginarse que no es que hubiera dejado la universidad o se le hubiera terminado la visa para seguir estudiando en Nueva York, sino que aquel metro es uno más de los nodos de esta red monstruosa que se apodera poco a poco de los subterráneos del mundo y de sus pobres (condenados) pasajeros.

Un saludo desde aquí a mi amigo perdido, entonces.

Texto en una libreta, de Julio Cortázar

Aquí el cuento completo.

Temas: , , , , , , ,