Inés Alveano

Un niño, la bici y nuevos paradigmas

Por , @inesalag , 23 de octubre de 2012

Michel es tripulante de mi bicicleta desde que tenía un año de vida. Y ha sido mi costumbre llevarlo a la escuela en ella desde hace 2 años.

–        ¿En bici?

–        Sí

–        ¿Por qué?

–        Porque así es mi mamá

Esa fue la breve interacción, pero llena de significados, paradigmas y quizás prejuicios, que tuvo mi hijo de 4 años con un compañerito suyo, a la salida de la escuela.

Vamos en bici: a su escuela, al pan, a la tortillería, a la frutería, al mercado, al súper, al parque, a la peluquería, a la mercería, a la sastrería. Al centro vamos en combi (una modalidad Moreliana del transporte público) y únicamente usamos el auto cuando salimos de la ciudad o cuando somos más de 4 tripulantes.

Para mi hijo es normal que el transporte utilizado para movernos, se adapte a la necesidad del momento. Hay viajes que pueden ser hechos tanto a pie, como en bicicleta -la suya, sin pedales, o la mía-.  Elegimos el medio según el destino.

Pero pensemos en sus compañeritos de la escuela. Ellos no conocen otro medio más allá del automóvil. Para ellos, lo normal es ser trasportados a todos lados en ese medio aislante y enajenante -sobre todo cuando algunos viven en del otro lado de la ciudad, cerca del aeropuerto-. Lo “normal” también ha sido, que en una pareja, sea él quien maneje. Basta de ejemplo un vecinito de 6 años:

–        ¡Tú manejas!

–        Sí

–        ¡Cómo! ¿Y él no?

–        No, no sabe manejar

–        (jijiji)

Poco a poco se rompen los paradigmas. Cada vez somos más los que, a pesar de las condiciones hostiles de la interacción con el tráfico en las ciudades mexicanas, optamos por la bicicleta como medio de transporte.  Porque ello nos significa una mejor calidad de vida, un ahorro, una experiencia diferente, un menor estrés, etcétera.

Ya son 3 años andando en bici con mi hijo en la silla de atrás, y sigo viendo expresiones de aprobación, de alegría, de ternura, de simpatía, incluso de envidia -de la buena- de parte de automovilistas o niños tripulantes, así como de peatones que nos ven pasar. También de desaprobación, impaciencia y neurosis. Pero son muchas más las primeras. Estoy segura -porque ya me ha sucedido- que más de uno se preguntará al vernos disfrutar el camino, si es verdad que para ser feliz, se necesita un auto.

Entre si son peras o son manzanas, voy a seguir andando en bicicleta en la mayor parte de mis traslados cotidianos, porque Yo Soy Así. Y mi hijo bien lo sabe.