El “road rage” del tráfico capitalino

Por Transeúnte , 21 de mayo de 2014

Por: Xavier Treviño (@xtrevi)

Hoy en la mañana, como cualquier otro día, tomé mi camino al trabajo de regreso de la escuela donde dejé a María. Ella siempre lleva casco, y cuando se baja en la escuela yo me quedo con él. Todo el día me muevo con un hermoso casco rosa en el manubrio.

Yo ya me acostumbré a llevarlo ahí y lo considero un detalle curioso de mi cotidianidad. Pero supongo que cualquiera que me vea pasar por la calle, le parece extraño que un ciclista lleve un casco en el manubrio sin ponérselo. Es más, probablemente genere una imagen de descuido, e incluso de ilegalidad. Y lo pienso porque yo mismo lo he sentido con motociclistas que llevan su casco en la parte trasera de su moto.

Aquel día me filtré en el tráfico entre filas de coches humeantes detenidos en la congestión mañanera del eje vial. Marqué mi ingreso al carril izquierdo para dar vuelta en el siguiente semáforo, como siempre lo hago. Siempre me ha funcionado este movimiento ya que es predecible y natural. Sin embargo, en aquella ocasión el coche que podría haberme dejado pasar aceleró, encendió sus luces y no dejó espacio para que ocupara el carril pegándose al coche de enfrente. No tuve problema para entrar atrás del coche. De reojo me di cuenta que era una chica mirando al frente deliberadamente y hablando por su celular.

Me considero un tipo tranquilo, sobre todo en el tránsito, pero desde hace poco me he dado cuenta que si algo me molesta, debo expresarlo. Entonces decidí seguir junto a la conductora que casi me atropella, y cuando la alcancé (un ciclista siempre los alcanza, conductores) le solté un irónico “¡GRACIAS!”. Ella ni volteó, mantuvo su misma postura hablando por teléfono. En realidad no me molesta que hablen por celular, es algo casi inherente a estar en el tráfico. De hecho alguna vez hice un muestreo rápido y me resultó que en el tráfico mañanero uno de cada tres conductores están usando el celular.

Ninguna de las moléculas de la chica, como dije, modificó su trayectoria por mi presencia. Ok, me sentí enojado, más por el hecho de que no me hizo caso que por lo que hizo. Entonces otro automovilista en un arranque que pareciera de camaradería y compañerismo, me gritó al arrancar (creen que ya se van, pero un ciclista siempre los alcanza, conductores). Esta camaradería siempre me ha apasionado. Lo podemos ver cuando una grúa levanta un coche en la calle, y se escucha una ola de chiflidos y gritos para alertar al compañero conductor que inocentemente dejó el coche ahí, de que la miserable grúa atenta otra vez contra los derechos sociales del “motor del desarrollo y la felicidad del país”.

En fin, me gritó “¡Ponte el casco cabrón!”. Chin, se refería al hermoso casco que traigo en el manubrio. Para él no importa que el Reglamento de Tránsito no obligue usar el casco. Entiendo su reacción por la mezcla de camaradería automotora y la percepción de ilegalidad por llevar el casco colgando. Lo que no me cuadra, y lo que me hizo convertirme en energúmeno, fue la nefasta mezcla de agresión verbal y arranque de motor. Medio acepto una u otra ¿Las dos? Jamás.

Aquí podemos utilizar el fabuloso concepto que desarrollaron nuestros vecinos del norte: el “road rage“. Éste se refiere a las conductas agresivas de los conductores de vehículos, en respuesta a una provocación injustificada percibida en el tráfico. La definición no es oficial, y yo no he encontrado una traducción adecuada al español, por lo que podemos plantear un interesante análisis entre si es porque no es algo que nos afecta o bien que es algo tan internalizado que no tenemos una palabra para llamarlo. Sea lo que sea, existe. De acuerdo a unestudio realizado en el 2010, una de cada tres personas ha sufrido “road rage” (que para más fácil vamos a llamarlo rabia de tráfico), aunque solo 2% o menos de los incidentes culminan en daños a personas o vehículos. Los ofensores más comunes son hombres jóvenes, y entre los factores ambientales que contribuyen a esta rabia están el tráfico y los km manejados al día.

El fulano en el cadillac era hombre, relativamente joven y llevaba un rato en el tráfico (camisa arrugada y cara de fastidio). Quizás le faltaba mucho para llegar a Reforma-Polanco-Juárez o a Santa Fe, si es que alguna de estas locaciones era su destino. Y pienso en la definición de rabia de tránsito: “provocación injustificada percibida”. Mi supuesta provocación fue, en todo caso, hacia otra persona ¿Será que era un miembro de algún clan de automovilistas? ¿Acaso se sintió perpetrado por un miembro de un clan diferente? Incluso “opositor”, el de los ciclistas. Suena raro, pero no encuentro otra explicación.

A pesar de todo, conducir una bicicleta hoy, comparándolo con lo que significaba hace 20 años cuando ya lo hacía todos los días, creo que hemos mejorado bastante. Muchos conductores de coche también han conducido una bicicleta, saben qué hacer cuando conviven con una, y no se desesperan. El pensar en ciertos clanes no era posible hace algunos años porque solo había uno: el de los automovilistas (los exitosos, productivos, orgullosos). Hoy contamos con otros clanes igual de orgullosos, productivos y exitosos: los ciclistas, los peatones, los usuarios del transporte público. Así que lo que podríamos catalogar como un retroceso social, la confrontación en la calle, yo lo veo como un avance social que requiere ajustarse con el tiempo y dedicación de las personas, además de una política pública adecuada por parte de autoridades.

Y a partir de hoy, al ver a una persona con el casco en el manubrio y no en su cabeza, piensen en todas las explicaciones distintas existentes.